Esto es algo que escribí para una amiga. En realidad relata cómo una chica llamada Zaratrustra se suicida metiéndose el dedo en la nariz y continuando hasta estallarse el cerebro mientras escucha la canción "Total Eclipse of the Heart", pero intenté redactarlo de forma hermosa. Teniendo en cuenta que no sé escribir, no me ha quedado muy hermoso, pero bueno...
Por la punta de una se sus pestañas se resbaló con pereza. Solitaria, ella era la primera gota de un mar teñido de rimmel que empaparía su inmaculada almohada. Resquicios de éste engalanaban sus luminosos y brillantes ojos, como los de la canción que no cesaba de reverberar entre los lóbulos de sus sesos y que la iba desgarrando por dentro con cada nota que seguía sonando. Pero no era sólo desde su cabeza desde donde sonaba la canción, sino además desde el destartalado y anticuado estéreo que Zaratrustra había heredado de su padre. Cualquiera habría calificado ese aparato de cacharro, pero ella sabía apreciar la belleza de su historia debajo de su grisácea y polvorienta apariencia. La tierna hermosura de una débil partitura que calaba hondo en su corazón. Como ninguna otra melodía sabía hacer estragos en ella, esta canción podía resquebrajarlo de un golpe seco; como si le disparara sin olvidar poner el silenciador.
Así, su desesperación lo había tornado inevitble y allí estaba, a punto de hacerlo. Las manos que se aferraban a aquella almohada que comenzaba a oscurecerse por las lágrimas que iban cayendo sobre su funda -las suyas- estaban a punto de convertirse en las sucias y frías manos de un asesino, mas ni un sólo remordimiento osaba asomarse para carcomer y atormentar su estómago. Tras mucho pensarlo, ya había decidido enfrentarse a aquello que todo hombre pasa su vida temiendo: el fin de su propia existencia. De entre aquellos largos y huesudos dedos de pianista, el índice fue el dedo escogido para llevar a cabo la criminal tarea. Éste fue avanzando lentamente por el corredor de la muerte sin perderse un sólo detalle en su largo trayecto. Dibujaba un recorrido tembloroso, incierto y torpe, pues; por muy decidida que estuviera, Zaratrustra era humana y nada más que eso.
Pero quizás pronto dejara de serlo. A la par que el arma atravesaba un abismo tan negro como su alma, las alas que la elevarían más allá de la vida se extendían. Al mismo lento, tortuoso, pausado y relajado ritmo que llevaría si tratara de representar un ballet al compás de la canción que sonaba de fondo, como si fuera la banda sonora de una película de su vida que ya parecía alcanzar sus créditos finales. Esa pequeña bailarina que parecía fugitiva de una caja de múscia era grácil y carecía de fallos; no obstante, todas las perfecciones son efímeras y no existe nada eterno. Entonces todo comenzó a devastarse. Tejidos degarrándose en una lucha pasional y encarnizada. Esa enorme afonía se atenuaba con la canción que oía, pero no dejaba de crecer como la sombra de alguien que se aproxima a la luz. Ella luchaba por liberarse de las cadenas de huesos que la mantenían atada a la vida con tanto esfuerzo que los músculos de su frente se tensaban. Pero cuando tanto dolor se hizo casi imposible de soportar, un cierto entumecimiento la invadió. El dolor permanecía pero algo iba apagando sus sentidos y, aquella gran oposición había cedido por fin. Todo se rindió en su labor de impedir el paso de ese pequeño aventurero hacia la libertad y un líquido oscuro y rojizo comenzó a fluir por la entrada de aquella tenebrosa cueva en la que su falange -ahora algo magullada por diversas medallas de guerra- se había adentrado.
La calma que la inundó era demasiado prolongada como para no resultar alarmante, y más aún teniendo en cuente lo cerca que estaba. Sin duda, dicha inquietus se apagó repentinamente cuando entraron en contacto. Dos grandes guerreros se batían en EL GRAN DUELO FINAL. El dolor extrangulaba sus sentidos y apenas podía escuchar como la canción seguía rozando ya su final. Parecía insoportable, pero no tardó mucho en acabar. Por suerte, todo se esfumó en un suspiro. El ritmo se paró, la luz se extravió en algún lugar de sus ojos y algo en su interior acabó por reventar. En un abrir y cerrar de ojos, Zaratrustra había partido ya hacia el otro lado; abandonando por completo la vida. Su cuerpo se desplomó sobre la cama al tiempo que se oía en la canción el último "Turn around bright eyes.". Sus músculos se relajaron por completo y el estéreo se apagó, sumiéndolo todo en un profundo
Silencio

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